Día 3.

Entre dos cuerpos, una siberia olvidada, un minuto aletargado sin respuesta, sin mirada… Una despedida tan vacía, tan rutinaria, mera tierra baldía. Fue un “tengo que”, no un “quiero”.

Se enfriaron las tazas de té, la noche continúo en su esencia, con una luna pequeña perdida entre las nubes, las palabras vacías fluyeron, tu ego apareció pisando fuerte, mi voz se calló, ya no quiero hacerte partícipe de mi vida.

La agenda se guardó, los días seguirán siendo los mismos, los caminos se han separado y solo nos vemos a través de los recuerdos. 

Yo ya no soy yo, ni tu eres tu. 

Temo que el tiempo se llenará de abrazos como ese, de despedida, con vacío, sin segundos, sin espera, sin reciprocidad. Temo la verdad.

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